By Elena Redondo
Imagina una mujer que cree que es justo
y bueno ser mujer, una mujer que honra su experiencia,
y cuenta sus historias, que se niega a cargar con los pecados de otros en su cuerpo, y en su vida.
Una mujer que cuenta las historias que conoce, pues todas las historias la conocen a Ella.
Una mujer que recuerda el susurro del mar,
que se acuesta en la noche con la luna negra de Hecate,
y le riega los oídos con dulces historia de Diosas.
Pónganse cómodos; lean y escuches y huelan a rosas.
Había una vez que no había:
Hace miles de años, en las tierras que hoy ocupan los Valles Pirenaicos,
sobre los que esquiamos, vamos de excursión, estaban bajo el dominio de Tubal.
Pero por muchos hombres que fueran detrás de ella, el corazón de Pyrene estaba reservado para Hércules, el famoso héroe griego con el que la joven princesa
se veía a escondidas en los bosques.
Encolerizado por los amantes, el padre de Pyrene
desterró a Hércules, mientras que Pyrene,
abandonada por la tristeza, seguía vagando por los bosques con esperanza
de que su amado Hércules regresaría hasta allí, para buscarla y huir juntos.
Un buen día, mientras Pyrene paseaba por los bosques esperando a Hércules,
se encontró con Gerión, un horrible ser de tres cabezas,
que quería poseer a la joven princesa.
Por fortuna, Pyrene pudo escapar, pero Gerión, deseoso de hacer suya a la joven,
incendió el bosque para que no pudiera esconderse.
Tomando a su bella amada entre sus brazos, Hércules, el héroe, trabajó con tanta pasión, que llegó a erigir montañas enormes de piedra para ocultar el cuerpo de la bella princesa.
Y así, según cuentas las leyendas, nació el Pirineo.
Del amor de Hércules y de la bella Pyrene, dando origen a la cordillera más bella e impresionante de la Península Ibérica, a imagen de la mujer más hermosa .
Una mujer que sabe pronunciar
En estos oscuros tiempos, en los que los dioses del Olimpo reinaban sobre la faz de la tierra, y los seres humanos no eran más que simples marionetas con los que las deidades se divertían. Tubal reinaba sobre estas tierras que hoy habitamos,
y tenía una bella hija llamada Pyrene.
el nombre de Dios.
Pónganse cómodos; lean y escuches y huelan a rosas.
Había una vez que no había:
Hace miles de años, en las tierras que hoy ocupan los Valles Pirenaicos,
sobre los que esquiamos, vamos de excursión, estaban bajo el dominio de Tubal.
Pero por muchos hombres que fueran detrás de ella, el corazón de Pyrene estaba reservado para Hércules, el famoso héroe griego con el que la joven princesa
se veía a escondidas en los bosques.
Encolerizado por los amantes, el padre de Pyrene
desterró a Hércules, mientras que Pyrene,
abandonada por la tristeza, seguía vagando por los bosques con esperanza
de que su amado Hércules regresaría hasta allí, para buscarla y huir juntos.
Un buen día, mientras Pyrene paseaba por los bosques esperando a Hércules,
se encontró con Gerión, un horrible ser de tres cabezas,
que quería poseer a la joven princesa.
Por fortuna, Pyrene pudo escapar, pero Gerión, deseoso de hacer suya a la joven,
incendió el bosque para que no pudiera esconderse.
Tomando a su bella amada entre sus brazos, Hércules, el héroe, trabajó con tanta pasión, que llegó a erigir montañas enormes de piedra para ocultar el cuerpo de la bella princesa.
Y así, según cuentas las leyendas, nació el Pirineo.
Del amor de Hércules y de la bella Pyrene, dando origen a la cordillera más bella e impresionante de la Península Ibérica, a imagen de la mujer más hermosa .
Una mujer que sabe pronunciar
y tenía una bella hija llamada Pyrene.
Cuentan las crónicas que Pyrene era tan sumamente hermosa, que fueron muchos los que enfermaron de amor al verla mientras ella paseaba por los bosques.
Pero a pesar de verse a escondidas, el amor de la pareja fue descubierto por Tubal.
Entonces, cuenta la leyenda que un águila fue testigo de todo,
avisó a Hércules, que acudió veloz hasta el lugar para rescatar a su amada,
aunque cuando llegó,
Pyrene estaba a punto de exhalar su último suspiro.
Hércules le declaró su amor eterno,
momentos antes de que Pyrene falleciese.
Roto por el dolor, Hércules enterró a su amor, colocando enormes piedras sobre el cuerpo de Pyrene.
el nombre de Dios.

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